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LOPE DE VEGA – Vida

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LOPE DE VEGA – Vida



Lope nació en Madrid, el 25 de noviembre de 1562, un año después de que Felipe II convirtiera la ciudad en capital del imperio hispano.

Su padre era bordador de oficio, oriundo de las montañas santanderinas. Se había establecido con su mujer en Valladolid, donde nacieron sus primeros dos hijos. Pero Félix de Vega, además de ser un hombre muy piadoso, era también mujeriego (dos rasgos que el futuro dramaturgo iba a heredar). Abandonó a su familia y se fue a Madrid, siguiendo a una mujer. Pero su esposa le siguió a él, y consiguió separarle de la rival. De esta reconciliación nació Lope de Vega. El escritor aludió graciosamente a este episodio en su Epístola a Amarilis:

Siguióle hasta Madrid, de celos ciega,

Su amorosa mujer, porque él quería

Una española Elena, entonces griega.

Hicieron amistades, y aquel día

Fue piedra en mi primero fundamento,

La paz de su celosa fantasía.

En fin, por celos soy: tqué nacimiento!

Imaginadle vos, que haber nacido

De tan inquieta causa fue portento.

La familia de Lope se estableció a continuación en Madrid. El padre murió repentinamente, cuando Lope tenía 16 años, y la madre vivió once más. Sus primeros estudios fueron en el colegio que dirigía en Madrid Vicente Espinel, notable poeta y autor de la famosa novela picaresca Vida del Escudero Marcos de Obregón. Parece que destacó en la escuela como niño prodigio, a los cinco años leía en romance y en latín. Entró después en el Colegio de los Jesuitas, donde estudió gramática y retórica, y más tarde matemáticas y astronomía en la Academia Real.

Cursó en la Universidad de Alcalá durante cuatro años -1577-1582- y abandonó sus estudios a causa de unos amoríos.

Es posible que al año siguiente estudiara en la Universidad de Salamanca, de donde salió esta vez para enrolarse como soldado en la expedición mandada por el marqués de Santa Cruz.

Al regresar, conoció y se enamoró perdidamente de Elena Osorio, que aparece en sus versos como “Filis”. Alfonso Reyes dice: “Terco enamorado, amaba en verso y en verso reñía con sus amantes. […] Si roba una mujer o si la abandona, si riñe, si huye, si le destierran o encarcelan, si le sirve de tercero al Duque de Sessa, comercia con los encantos de una pecadora o profana los hábitos, parece que lo ha hecho para vivir la novela, el drama, el entremés, el poema o los versos de arrepentimiento que al día siguiente ha de escribir.”

Años más tarde el poeta reconstruyó esta intensa pasión, idealizándola en gran medida, en una de sus creaciones más hermosas y perdurables, La Dorotea. Pero entre tanto derramó irrefrenablemente su amor en poesías. Elena era hija de un actor, Jerónimo Velázquez, a quien Lope proporcionaba comedias, y estaba casada, pero el marido estaba casi siempre ausente. Lope compartió los encantos de Elena con otros amantes, y al final el escándalo y la presión de la familia de Elena condujeron al rompimiento. Despechado Lope y muerto de celos, compuso y difundió por Madrid unas composiciones muy ofensivas contra todos los Velázquez, los famosos Libelos contra unos cómicos. Los Velázquez se querellaron judicialmente por difamación y, después de un proceso escandaloso que dio con Lope en la cárcel, lo condenaron a ocho años de destierro de la corte y dos del reino, bajo pena de muerte si no cumplía la sentencia.

Pero el poeta violó a poco el destierro y nada menos que para raptar a una mujer principal, Isabel de Urbina. Para evitar el escándalo, la familia de Isabel aceptó el matrimonio, que fue verificado en Madrid por poderes[1], ya que el raptor no podía entrar en la ciudad. Dos semanas más tarde dejaba Lope a su mujer y se alistaba en “la Invencible” como voluntario. Su veleidad amorosa le permitió entretener la espera en Lisboa con una aventura vulgar y dedicar a la esposa abandonada –cantada siempre en sus versos con el nombre de “Belisa”- un tierno romance.



Durante la campaña escribió parte del poema caballeresco La hermosura de Angélica y perdió a su hermano Juan, parece que éste se murió en los brazos del escritor. De vuelta a España, se instaló con su mujer en Valencia, donde florecía una notable escuela dramática y había una intensa actividad editorial. Para el matrimonio fue un periodo de bienestar. Lope compuso muchos romances y comedias. Su fama comenzaba a difundirse y era saludado unánimemente como el “Fénix de los ingenios”.

Cuando en 1590 terminó el plazo del destierro que había de pasar fuera del reino, Lope se trasladó a Toledo, donde se acomodó como secretario del duque de Alba, cargo que duró cinco años. Los duques, siguiendo la tradición renacentista, mantenían la antigua corte literaria que había acogido las primeras piezas de Juan del Encina e inspirado bellos versos a Gracilaso. Desde allí le fue posible a Lope conocer la vida universitaria de la cercana Salamanca, cuya picaresca estudiantil retrató en una de las comedias escritas por entonces, El dómine Lucas.

A esta época corresponde también su novela pastoril La Arcadia.

La paz de que Lope gozó durante esta etapa fue turbada en 1594 por la muerte de su esposa al nacer su segunda hija, muerta también poco después.

Un año más tarde, dejaba el servicio del duque de Alba y regresaba a su soñado Madrid. Jerónimo Velázquez, antes del término del destierro, movido quizá por la extraordinaria fama del poeta y esperando probablemente disponer de alguna de sus obras, había solicitado el indulto.

En 1596, Lope fue procesado de nuevo por amancebamiento con la hermosa viuda Antonia Trillo.

En 1598 contrajo nuevo matrimonio, quizá esta vez sin amor y movido principalmente por la cuantiosa dote de la esposa, dote que no llegó a disfrutar, debido a la avaricia de su suegro. La nueva mujer se llamaba Juana de Guardo, y era hija de un rico carnicero.

Una disposición del rey Felipe II, que cerró los teatros por algún tiempo, dejó a Lope sin ingresos, y como la dote de su mujer no resolvía la necesidad, el poeta tuvo que acomodarse nuevamente como secretario, esta vez del Marqués de Sarriá.

Entretanto, la pasión amorosa volvió a sacudir furiosamente a Lope, en la persona de Micaela de Luján.

No se sabe cuándo comenzaron estos amores, pero es seguro que antes del matrimonio con Juana de Guardo. Micaela de Luján, comediante de oficio, mujer bellísima, aunque de escasa ilustración, ocupa también amplio lugar en los versos de Lope, bajo el nombre de “Camila Lucinda”. Micaela estaba casada con el cómico Diego Díaz, que después de darle dos hijos se marchó al Perú. Lope le dio otros 5 vástagos (3 hijas y 2 hijos), y vivió maritalmente con ella, pues le puso casa propia y en ella pasaba largas temporadas, mientras Juana de Guardo, que soportó pacientemente las extralimitaciones del poeta, quedaba retirada en Toledo.

La escandalosa popularidad que nuevamente alcanzaron estos amores de Lope se debió en gran parte –como de costumbre- a los versos del propio poeta que proclamaba en mil ocasiones su pasión, y que fácilmente eran identificados por todos.

Aquella gran pasión debió de enfriarse hacia 1608, pues a partir de esta fecha el nombre de “Camila Lucinda” desaparece de los versos y de la vida de Lope.

En 1610 Lope se trasladó definitivamente a Madrid, y allí se llevó a su familia y esposa legítima. En su nueva casa, que adquirió en la calle de Francos, y que habitó el resto de sus días, gozó las etapas de mayor tranquilidad de su existencia y compuso sus obras más interesantes. Plantó un pequeño huerto, que cuidaba amorosamente con su gran pasión por las flores, y reunió una selecta biblioteca y algunas obras de arte; la madura serenidad parecía haber asentado, el fin, su vida.

En 1613 fallecieron, con escaso intervalo, su hijo Carlos Félix, de 7 años, y su esposa Juana de Guardo, a la que cuidó con amorosa solicitud en los largos achaques que precedieron a su muerte. Se trajo entonces a su casa a los dos hijos menores de Micaela de Luján, Marcela y Lope Félix. Todos estos disgustos familiares, también sus propias enfermedades y agobios de dinero provocaron en Lope honda crisis espiritual; había remontado ya la cincuentena. Y entonces fue cuando decidió ordenarse de sacerdote.

El Fénix, mientras avanzaban los trámites reglamentarios para su ordenación, no dejó de enzarzarse en amoríos más o menos fugaces. Pero no era hipócrita, y tampoco interesado.   En Lope se abrazaban trágicamente las incontenibles pasiones de una naturaleza desmesurada con el fervor religioso más intenso; en Lope todo es sobrehumano; sus incesantes caídas iban seguidas siempre de firmísimos propósitos y atormentados arrepentimientos; sólo que el desborde de su sensualidad los ahogaba torrencialmente hasta que el nuevo reflujo les permitía ascender de nuevo.




Lope se ordenó, por fin, en mayo de 1614, y dijo su primera misa en el convento de Carmelitas Descalzas donde poco antes se había enterrado a su esposa.

El hábito sacerdotal pudo muy poco para detener la desenfrenada carrera de Lope; porque precisamente entonces –corría el año 1616- llegó la más arrebatadora pasión que jamás había sacudido la vida del poeta. El nuevo amor, que por el estado sacerdotal de Lope era un amor sacrílego, se llamaba Marta de Nevares Santoyo, “Amarilis” o “Marcia Leonarda” en los versos que inevitablemente la iban a cantar.

Marta de Nevares tenía 26 años cuando la conoció Lope; era madrileña, se había educado en Alcalá de Henares, y a los 13 años la habían casado sus padres contra su voluntad con un hombre de negocios, persona ruda y la menos adecuada para satisfacer los gustos de aquella mujer, a la que Lope describe como la cima de todas las perfecciones, tanto espirituales como físicas, de gustos refinados y exquisita sensibilidad. De haberse encontrado libres los dos, Marta hubiese podido ser la esposa ideal del Fénix: para éste representó un estímulo vital que parecía devolverle a la juventud y acuciaba su producción; para Marta, hundida hasta entonces en una existencia vulgar, la compañía del poeta colmaba el ideal de vida de una mujer brillante en su momento más espléndido.

Tan solo la conciencia de su amor sacrílego entorpecía la completa felicidad del poeta, sacudido como en ningún otro momento por encontradas tormentas de remordimiento y pasión. En una carta enviada al duque de Sessa (su confidente de tantos años), escribía: “Yo estoy perdido, si en mi vida lo estuve, por alma y cuerpo de mujer, y Dios sabe con qué sentimiento mío, porque no sé cómo ha de ser ni durar esto, ni vivir sin gozarlo”. Lo que no impedía, a su vez, que Lope siguiera informando a las gentes de sus amores, con cínica desvergüenza, a través de un torrente de versos tan incontenible como su pasión. El nuevo amor de Lope desencadenó la correspondiente oleada de sátiras de parte de sus enemigos, que esta vez tenían mayor motivo en que cebarse.

Marta tuvo una hija, y al fin el marido hubo de darse por enterado de lo que era tema en todo Madrid; hubo pleitos ruidosos, demandas de divorcio y desazones de toda índole. Hasta que al fin se esfumó el peligro con la inesperada muerte del marido; acontecimiento celebrado por Lope con burlas tan crueles como desvergonzadas. Marta se fue entonces a vivir a casa de Lope, donde se congregaban los hijos habidos de sus distintos amores y de su legítima mujer Juana de Guardo, junto con la pequeña Antonia Clara, la hija reciente de Marta de Nevares. Marcela ingresó poco tiempo después en el convento de las Trinitarias descalzas, quizá escandalizada o aterrada del espectáculo de su casa paterna. Mientras, Lope desafiaba abiertamente todas las consideraciones humanas y divinas y proseguía sin desmayo su incontenible producción.

Pero las desventuras comenzaron a precipitarse sobre la vida del Fénix. Doña Marta, enferma de los ojos desde hacía algún tiempo, quedó ciega. Poco después –quizá hacia 1628- perdió la razón, que aún recuperó antes de su muerte, ocurrida en 1632 en la propia casa del poeta: tenía algo más de 40 años, y Lope los setenta cumplidos. La soledad de Lope era inmensa. Tenía mucha fama y popularidad, pero esto no remediaba su pobreza.

En 1633 se casó Feliciana, la hija de Juana de Guardo que había causado, al nacer, la muerte de su madre. Lope Félix, el hijo queridísimo, habido con Micaela Luján, por quien Lope había tenido que sufrir serios disgustos debido a su conducta desordenada, pero en quien él veía como la imagen de sí mismo, murió ahogado en una expedición en busca de perlas a la isla Margarita. Lope Félix tenía también aficiones poéticas y había tomado parte en varias expediciones. Lope le había dedicado La Gatomaquia cuando aún ignoraba su trágico fin que había tenido ya lugar. Su muerte, golpe terrible para el poeta, fue seguido de otro no menos doloroso. Antonia Clara, la hija de Marta de Nevares, fue raptada, cuando tenía 17 años, por un cortesano, Cristóbal Tenorio. La suerte se vengaba cruelmente de Lope, hiriéndole con las mismas armas con que él había atormentado a los demás.

La increíble vitalidad de Lope, agotada al fin por la edad y por tan graves pesadumbres ya no pudo reaccionar. Se murió el 27 de agosto de 1635. El duque de Sessa costeó los funerales, a los que se asoció todo Madrid. Las honras fúnebres duraron nueve días. El entierro pasó, dando un rodeo, por delante del convento de las Trinitarias, a petición de la hija de Lope que deseaba verlo por última vez. Fue enterrado en la iglesia San Sebastián, en la calle de Atocha, pero sus restos fueron revueltos en la fosa común a comienzos del siglo XIX.   



[1] En ausencia del novio, que mandaba un “apoderado” suyo.








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